Que es el sacro imperio romano germánico y su historia





imperio romano germanico

Historia Universal

Sacro Imperio Romano Germánico

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INTRODUCCIÓN

Enrique IV en Canosa

Enrique IV en Canosa

Enrique IV, emperador del Sacro Imperio Romano, su esposa y su joven hijo pasaron tres días descalzos en la nieve en Canosa (al norte de Italia), como penitencia para conseguir la absolución del papa Gregorio VII. Éste había excomulgado al rey tras un conflicto por el control secular del Imperio.

Hulton Deutsch

Sacro Imperio Romano Germánico, entidad política de Europa occidental, cuya duración se prolongó desde el 800 hasta 1806. Fue conocido en sus inicios como Imperio Occidental. En el siglo XI se denominó Imperio romano y en el XII, Sacro Imperio. La denominación de Sacro Imperio Romano Germánico fue adoptada en el siglo XIII. Aunque sus fronteras se ampliaron de forma notable a lo largo de su historia, los estados germanos fueron siempre su núcleo principal. Desde el siglo X, sus gobernantes eran elegidos reyes de Germania y, por lo general, intentaban que los papas les coronaran en Roma como emperadores, aunque no siempre lo conseguían.

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ANTECEDENTES

El Sacro Imperio Romano fue en realidad un intento de revivir el Imperio romano de Occidente, cuya estructura política y legal se hundió durante los siglos V y VI para ser sustituida por reinos independientes gobernados por nobles germanos. El trono imperial de Roma quedó vacante después de que Rómulo Augústulo fuera depuesto en el 476. Durante los turbulentos inicios de la edad media, el concepto tradicional de un reino temporal conviviendo con el reino espiritual de la Iglesia fue alentado por el Papado. El Imperio bizantino, con capital en Constantinopla (hoy Estambul, Turquía), que controlaba las provincias del Imperio romano de Oriente, conservaba nominalmente la soberanía sobre los territorios que anteriormente poseyó el Imperio de Occidente. Muchas de las tribus germanas que habían conquistado estos territorios reconocieron formalmente al emperador de Bizancio como su señor. Debido en parte a esta situación y también a otras razones, entre las que se incluye la dependencia derivada de la protección bizantina contra los lombardos, los papas reconocieron durante un largo tiempo la autoridad del Imperio de Oriente después de la abdicación forzosa de Rómulo Augústulo.

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TENSIONES

Tras la fusión de las tribus germanas, causa de la creación de una serie de estados cristianos independientes en los siglos VI y VII, la autoridad política de los emperadores bizantinos prácticamente desapareció en Occidente. Al mismo tiempo, se dejaron sentir las consecuencias religiosas de la división de la Iglesia occidental, de modo particular durante el pontificado (590-604) de Gregorio I. A la vez que el prestigio político del Imperio bizantino declinaba, el Papado se mostró cada vez más resentido por la injerencia de las autoridades civiles y eclesiásticas de Constantinopla en los asuntos y actividades de la Iglesia occidental. La consecuente enemistad entre las dos ramas de la Iglesia alcanzó su punto crítico durante el reinado (717-741) del emperador bizantino León III el Isaurio, quien intentó abolir el uso de imágenes en las ceremonias cristianas. La resistencia del Papado al decreto de León culminó en la ruptura con Constantinopla (730-732). El Papado alimentó entonces el sueño de resucitar el Imperio de Occidente. Algunos papas estudiaron la posibilidad de embarcarse en el proyecto y asumir el liderazgo de ese futuro Estado. Sin fuerza militar alguna ni administración de hecho, y en una situación de gran peligro por la hostilidad de los lombardos en Italia, la jerarquía eclesiástica abandonó la idea de un reino temporal unido al reino espiritual y se decidió a otorgar la titulación imperial a la potencia política dominante en la Europa occidental del momento: el reino de los francos. Algunos de los gobernantes francos habían probado ya su fidelidad a la Iglesia; Carlomagno, que ascendió al trono franco en el 768, había demostrado una gran cualificación para tan elevado cargo, especialmente por la conquista de Lombardía en el 773 y por la ampliación de sus dominios hasta alcanzar proporciones imperiales.

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EL IMPERIO DE OCCIDENTE

Coronación de Carlomagno por León III

Coronación de Carlomagno por León III

En el año 800, Carlomagno, rey de los francos, había establecido un vasto imperio y sus dominios se extendían por la mayor parte de Europa central y occidental. El día de Navidad de aquel año fue coronado como "emperador de los romanos" por el papa León III en la basílica de San Pedro.

Archivo Iconográfico, S.A/Corbis

El 25 de diciembre del año 800, el papa León III coronó a Carlomagno como emperador. Este acto originó un precedente y creó una estructura política que estaba destinada a jugar un papel decisivo en los asuntos de Europa central. Así mismo estableció la pretensión papal de elegir, coronar e incluso deponer a los emperadores, derecho que hizo valer, al menos en teoría, durante casi 700 años. En su fase inicial, el resucitado Imperio de Occidente se mantuvo como entidad política efectiva menos de 25 años tras la muerte de Carlomagno, ocurrida en el año 814. El reinado de su hijo y sucesor, Luis I, estuvo marcado por una contienda fratricida, de carácter feudal, que culminó en el 843 con la partición del Imperio.

Otón I el Grande

Otón I el Grande

Otón I, llamado El Grande, fue rey de Germania (936-973) y emperador del Sacro Imperio Romano Germánico (962-973). En el ejercicio del primero de sus citados títulos, su reino se vio consolidado y fortalecido. Obtuvo el dominio del norte de la actual Italia al contraer matrimonio con la reina viuda de Lombardía, Adelaida, a la que había ayudado a derrotar al usurpador Berengario II. Coronado emperador del Sacro Imperio por el papa Juan XII, pretendió la subordinación de la Iglesia a la autoridad imperial.

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A pesar de las disputas internas del recién creado Imperio de Occidente, los papas mantuvieron la organización y el título imperiales, principalmente con la dinastía Carolingia, durante casi todo el siglo IX. Sin embargo, los emperadores ejercieron escasa autoridad más allá de las fronteras de sus dominios. Tras el reinado de Berengario I (915-924), asimismo nombrado rey de Italia o gobernante de Lombardía y que fue coronado por el papa Juan X, el trono imperial quedó vacante durante casi cuatro décadas. El reino franco de Oriente también conocido como reino germano (alemán), gobernado de forma inteligente por Enrique I y su hijo Otón I, apareció como el Estado más poderoso en Europa durante esta época. Además de ser un soberano ambicioso y capaz, Otón I fue un ferviente partidario de la Iglesia católica, como queda revelado por los nombramientos que hizo de clérigos para altos cargos, por sus actividades misioneras al este del río Elba, y finalmente por sus campañas militares, a requerimiento del papa Juan XII, contra el rey de Italia Berengario II. En el año 962, como reconocimiento a los servicios prestados por Otón, el papa Juan XII le recompensó con el título y la corona imperiales.

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LA UNIÓN DE LOS ESTADOS GERMANOS

Otón III

Otón III

Otón III, emperador del Sacro Imperio Romano Germánico desde el 983 hasta el 1002. En el 996, el papa Juan XV le solicitó que viajara a Roma para ayudarle a sofocar una rebelión. Seguidamente, Otón afirmó la primacía de la autoridad imperial sobre la papal. De hecho, promovió el acceso al solio pontificio de Gregorio V y Silvestre II, primeros papas de origen germano y franco, respectivamente.

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El Imperio de Occidente fue en sus inicios una unión inestable de Germania y el norte de Italia; luego permaneció, durante más de 800 años, como una laxa unión de estados germanos. En su fase italogermana, el Imperio jugó un importante papel en los asuntos políticos y religiosos de Europa central. Un trascendental hecho de este periodo fue la pugna entre los papas (especialmente Gregorio VII) y los emperadores (principalmente Enrique IV) por el control de la Iglesia (véase Querella de las Investiduras). Por el Concordato de Worms (1122), un acuerdo entre el emperador Enrique V y el papa Calixto II, el primero renunciaba al derecho de la investidura espiritual o nombramiento de obispos. Todos los emperadores eran reyes de Germania y puesto que las obligaciones y ambiciones imperiales requerían inevitablemente toda su atención, los intereses locales de Germania eran relegados a un segundo plano. Como resultado, Germania, que podía haber sido transformada en un Estado fuertemente centralizado, degeneró en una multiplicidad de pequeños estados dominados por gobiernos aristocráticos. El acuerdo de Worms eliminó una fuente de fricción entre Iglesia y Estado, pero la lucha por la influencia política continuó durante todo el siglo XII. En 1157, Federico I, llamado Federico Barbarroja, uno de los más grandes emperadores, empleó por vez primera el término Sacro Imperio de forma ostensible, para enfatizar la santidad de la corona. Federico, en un intento de restaurar y perpetuar el antiguo Imperio romano, quiso suprimir la levantisca nobleza germana y el autogobierno de las ciudades italianas. Sus intervenciones en estas últimas fueron rechazadas por la Liga Lombarda y debilitaron seriamente su relación con el Papado. El papa Adriano IV declaró que Federico poseía el Imperio en calidad de feudo papal, pero el emperador, que conservaba el apoyo de los obispos germanos, mantuvo que su dignidad imperial procedía sólo de Dios. Después de casi dos décadas de guerra intermitente en Italia, Federico fue derrotado en Legnano (1176) por las ciudades que formaban la Liga Lombarda, que de este modo lograron su independencia de la autoridad imperial. El emperador Enrique VI, que reclamó el trono de Sicilia por su matrimonio, invadió dos veces el territorio, y en la segunda ocasión (1194) conquistó la isla. Federico II renovó en el siglo XIII los esfuerzos del Imperio para dominar las ciudades italianas y al Papado, pero no tuvo éxito.

El Sacro Imperio Romano tuvo escasa importancia real en los asuntos políticos de Europa y en las cuestiones religiosas después del Gran Interregno (1254-1273). La muerte de Federico II en 1250 dejó vacante el trono imperial y dos candidatos rivales intentaron obtener apoyos para sus pretensiones. El hijo de Federico, Conrado IV, y Guillermo de Holanda se disputaron en un primer momento el trono imperial. Las discordias de los interregnos condujeron a una restauración del poder imperial a través del sistema electivo, definitivamente consagrado tras la doble elección de 1257 (Alfonso X de Castilla, hasta 1284, y Ricardo, conde de Cornualles, hasta 1272). Ricardo de Cornualles, desde Inglaterra, fue incapaz de poner bajo su control el Imperio. De hecho, esto significó la victoria del Papado en su larga contienda con el Imperio. Desde 1273, varios reyes germanos reclamaron el título imperial, siendo Rodolfo I, miembro de la dinastía de los Habsburgo, el primero en hacerlo. En diversas ocasiones esas pretensiones fueron reconocidas por los papas. Sin embargo, el título no era más que un cargo honorífico; teniendo en cuenta que el Imperio estaba formado por una confederación poco compacta de estados y principados soberanos, la autoridad imperial sólo era nominal. Luis IV, que asumió el título en 1314, desafió con éxito el poder del Papado y restauró, por breve tiempo, el prestigio del Imperio. En 1356 Carlos IV promulgó la Bula de Oro, que fijaba la forma y procedimiento de la elección imperial y realzó la importancia de los electores. En el reinado de Carlos V, el Imperio abarcó un territorio tan extenso como el de Carlomagno; pero fueron los principios dinásticos y no los eclesiásticos los que constituyeron el principal elemento de cohesión de la estructura imperial que estableció este emperador. El concepto medieval de un Estado terrenal coexistiendo en armonía con el reino espiritual de la Iglesia, sobrevivió sólo como teoría. Pero cuando la Reforma protestante tomó la iniciativa, incluso la teoría perdió prácticamente su significado. La unidad del Imperio quedó debilitada en 1555, cuando por la Paz de Augsburgo se permitió a cada ciudad libre y a cada estado de Alemania la elección entre el luteranismo o el catolicismo. Por la Paz de Westfalia (1648), que puso fin a la guerra de los Treinta Años, el Imperio perdió lo que le quedaba de soberanía sobre los estados que lo formaban, y Francia se convirtió en la primera potencia de Europa. El Sacro Imperio Romano, en su etapa final, sirvió principalmente como instrumento para las pretensiones imperiales de los Habsburgo, pero todavía desempeñó ciertas funciones, principalmente dirigidas al mantenimiento de una cierta unidad entre los distintos estados que lo componían. Los últimos emperadores, todos ellos gobernantes de Austria, preocupados principalmente por agrandar sus dominios particulares, fueron meras figuras decorativas. Una fútil intervención militar contra la Francia revolucionaria constituyó la última acción importante del Imperio en asuntos políticos europeos. Como consecuencia de su bien fundado temor a que Napoleón I de Francia intentara apoderarse del título imperial, Francisco II, el último emperador, disolvió formalmente el Imperio el 6 de agosto de 1806 y estableció el Imperio Austriaco. El Sacro Imperio Romano Germánico equivale en la historiografía alemana al I Reich; el segundo Imperio Alemán (1871-1918) es también conocido como el II Reich; en tanto que el Imperio nazi constituiría el III Reich (1934-1945).

 

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