Cerámica precolombina

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Cerámica precolombina, la producción de cerámica en América nace, como en el resto del mundo, de la necesidad de almacenar, transportar, transformar y consumir ciertos alimentos líquidos y sólidos.
Las principales características de la tecnología empleada durante dicho periodo son: la utilización de cestos, calabazas y otros frutos como moldes que se cubren con arcilla para obtener recipientes y que desaparecen con la cocción; la ausencia de torno en la fabricación de piezas, lo que otorga gran libertad al artesano; y el empleo de moldes para la obtención de ciertas formas, especialmente figuras y grupos escultóricos. La forma de cocer es simplemente por desecación al sol o en horno abierto.
La decoración cerámica es muy variada, y abarca técnicas pre y postcocción de modelado, pastillaje, incisión y excisión, impresión, engobado, pulido y digitado, pero destaca el uso decorativo de la pintura en negativo, que implica un gran desarrollo tecnológico. Este último proceso consiste en cubrir el diseño a destacar con cera o ceniza, hecho esto se sumerge la pieza en un baño coloreado y al retirar el elemento protector aparece el negativo limpio de color; el resultado final es una bicromía muy característica. Pero es en la policromía pictórica en la que este arte alcanzará un verdadero esplendor hasta convertirse en vehículo de expresión de las distintas sociedades latinoamericanas.
La producción de la cerámica prehispánica se centra en figuras, recipientes, pesas de telar, de pesca, pintaderas, sellos, cuentas de collar, orejeras, instrumentos musicales, braseros, juguetes, urnas cinerarias o de inhumación y una larga lista de objetos que dan testimonio de la necesidad de esta producción en la vida doméstica, funeraria o ceremonial de las comunidades precolombinas. Es muy relevante su función indicadora del grado de complejidad social de un grupo, ya que en su inicio es una actividad realizada especialmente por mujeres, pero a medida que la sociedad se hace más compleja, dicha tarea, al igual que muchas otras actividades, pasa a ser realizada por especialistas, generalmente masculinos, adiestrados en las pautas funcionales y simbólicas del grupo.
Por áreas, en Mesoamérica hallamos evidencias de esta producción desde el 2000 a.C., en forma de figurillas y vasijas en el Valle Central de México; la representación de escenas de la vida diaria: matrimonios, juegos o curaciones, hechas exclusivamente para acompañar a los difuntos en su tumba, las encontramos en el área occidental de México ya en el 300 a.C.; la costa del Golfo mexicana, en el 100 d.C., con sus inquietantes representaciones, adornadas con brea, de piezas articuladas utilizadas en representaciones teatrales, explican la importancia de la cerámica en los caminos simbólicos. Un episodio de gran renombre cerámico es el aparecido en la cultura mixteca postclásica, donde se han encontrado vasos policromados con textos de los códices; en la misma línea destacan las piezas mayas, decoradas con pinturas jeroglíficas, cartuchos de glifos, sucesos históricos, escenas mitológicas, y durante el periodo clásico tardío de esta cultura (700 al 900), hay que destacar el estilo códice.
La zona caribeña y centroamericana, aglutina influencias de Mesoamérica y los Andes colombianos; así en Costa Rica encontramos el estilo jeroglífico cubriendo vasijas en forma de jaguar en la Gran Nicoya, mientras que en el resto del istmo las influencias son de la zona sur.
En los Andes septentrionales —Colombia, parte de Venezuela y Ecuador— se encuentra Valdivia, el lugar mas antiguo de producción cerámica del continente (4400 a.C.), le sigue Puerto Hormiga (3000 a.C.) en Colombia. Aquí ya se anuncian características que cristalizarán como arquetipos en la zona como el uso de la pintura iridiscente, obtenida al aplicar un engobe diluido con óxido de hierro, para después cocer y ahumar la pieza; el resultado final es la aparición de los diseños realizados al humedecerse el objeto. Otros rasgos son la pintura en negativo, la cerámica figurada a molde, la adopción del asa de lazo, el uso del pico y la vertedera, la producción de vasijas silbato y los enterramientos en urnas.
Los Andes centrales —Perú y Bolivia— conocen la cerámica desde el 1800 a.C., en Kotosh, región del Huánuco, pero el lugar mas significativo del periodo formativo es Chavín de Huantar, en la sierra norte de Perú, centro religioso de carácter pamperuano, cuyos motivos iconográficos son el jaguar, la serpiente y un ave rapaz.
Tras la caída de este centro surge en la costa norte la cultura mochica (100 a.C.-700 d.C.) cuyas características cerámicas más singulares son el asa estribo con vertedera con representaciones de escenas y figuras modeladas y, desde luego, el uso del cuerpo de la vasija para representar, mediante molde, personajes completos y auténticos retratos. Los temas representados son escenas de la vida cotidiana relacionados con: la enfermedad, el erotismo y la guerra, entre otros. En la costa sur está Nazca, cuya producción es opuesta a la moche por su esquematismo y abstracción.
El gran centro de Tiahuanaco, en Bolivia, se caracteriza por producir, primero en cerámica y más tarde en madera, una peculiar forma, el Kero, de paredes acampanadas y base plana, que será reproducido hasta bien entrado el mundo colonial. A partir de 1430, comienzo del horizonte incaico, la producción cerámica se hace seria, práctica y sobria, si bien esta cultura va a absorber todos los avances anteriores en cuanto a tecnología.


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